El invierno no ayuda. El invierno no ayuda a quemar calorías, ni a sentir calor. El invierno no ayuda a omitir su falta, ni a olvidar que sobre la mesa meses antes había otra taza de café. El frío empapa la piel, se filtra por los poros y se pasea por los huesos. Se pega a los músculos, y congela los recuerdos. Así es inevitable darse cuenta de que en casa el primer cajón está ahora vacío, que el sofá es incluso más grande que antes. El dolor se queda parado, da igual que ya te duela poco, el eco del olvido resuena entre las cavidades de tu cráneo. Y eso duele aún más, e incrementa las náuseas y los dolores de cabeza. La desesperación por querer derretir el hielo que envuelve tu agonía. La primavera entonces se vuelve tardía.
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