Vistas de página en total
viernes, 9 de marzo de 2012
Monstruo.
Mi reflejo me preguntó por qué lloraba. Me miró con la cara congestionada, empapada, y con un gesto seco y cortante me repitió: "¿por qué lloras, maldita sea?" Sonreí de una forma que incluso a mí misma me inquietó. Llevaba unas setenta y dos horas en aquella celda de cemento, frío y duro como el acero, y después de romper a llorar, mi pecho se retorció en densas carcajadas. Y no pude evitar encontrarle el tono macabro al asunto, ¿qué pintaba yo en un cubo de piedra con un piano y un espejo? A eso sabe la soledad. Como máxima compañía mi presencia y de banda sonora las notas de aquella caja de madera color azabache. Dí un fuerte golpe contra al suelo y me desplomé, miré de nuevo aquel espejo que ocupaba toda la pared y allí estaba mi otro yo, con ojos de felino. En eso me había convertido.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario