Ayer por la noche, mientras anochecía y me planteabas las dos posibilidades que tenía mi futuro a tu lado, supe que ese período de tiempo al que llamamos "mañana", me da el mismo miedo que me daba la oscuridad y el silencio cuando era pequeña. Y no he puesto ese ejemplo para que lo relaciones con que es un miedo tonto, si no como comparación con un miedo puro. Un miedo con su pizca de ignorancia. Y ese miedo lo insinuaste tú en la primera opción, en aquella frase que decía "que yo sea el para siempre". No era la primera vez que lo decías, pero ésta vez no me supo a cielo, si no más bien a tierra. A tierra mojada. Me supo a que, la siguiente opción, la número dos, sería áspera y amarga: "que yo sea quien te marque mucho, y que años después, cuando empieces otra relación, me recuerdes". Mientras seguías escribiendo, añadiendo a aquel huracán de sentimientos un: "y ten por seguro que quiero ser la primera", supe que eras ese máximo del que hablan en las películas. Ese "hamor" en el que yo creo, pero sin hache. Supe que, pase lo que pase mañana, o al día siguiente, o al siguiente, no podría borrar de mi cabeza ni tan siquiera las primeras palabras bonitas que me dijiste, aquel "tienes unos ojos preciosos" o aquel "me encanta tu sonrisa". Ni tampoco dejaría de admirar la forma en la que cuentas las cosas, la pasión que le pones a todo lo que haces excepto cuando te parece una pérdida de tiempo. Y esa forma de moverte, de gesticular o de mirarme. De enfadarte con el mundo y encerrarte quién sabe dónde hasta sabe dios cuando. Esa confianza que nos hemos construido ahora, esa forma en la que rompes el cariño en una frase a las tantas de la noche. Cuando me hablas de música, cuando me miras y sin preguntar ya sabes lo que pasa. Ese chico es el amor de mi vida, con todo, sin excepciones.

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