El olor a sal y humedad se filtraba por las callejuelas más estrechas de las 130 islas. La penumbra se engarzaba en aquellas barcas alargadas que, siendo más oscuras que la propia falta de luz, aún mostraban elegantes el tintineo de las formas doradas que la decoraban. Se cernía la noche sobre Venecia, una noche en la que nadie era quien realmente era. Gatos hambrientos, leones famélicos y serpientes venenosas por caras. Era un espectáculo espeluznante. Le ofrecí el pequeño frasco de arsénico al gondolero y le susurré: que no salga con vida de entre los canales de ésta ciudad.
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