El nivel del agua salada fue subiendo y acabó por inundarme las pupilas. Supuse que por más que intentase sacarlo todo fuera no podría, que no había nada que hacer y que aquella noche me dormiría entre sollozos y dolores de cabeza. Que no habría un "que descanses" antes de los sueños que hoy, se volverían pesadillas. Enredé mi pelo entre los dedos de mi mano y lo trencé con suavidad, dejando la mente en blanco y sintiendo las caricias de mis lágrimas que competían por ver cual de ellas era la primera en besar mis labios. Mis labios. Los toque con la yema de los dedos y cerré los ojos. Y allí estaba, el último beso que nos dimos. Me quemó la piel y se me erizó hasta el corazón el recordarlo. Fue un beso dulce, un beso de despedida, un beso de volveré pronto, pero se convirtió en un beso de huracán, un beso que arrasaría con los demás besos. Un último beso, pero no un beso de muerte. No recuerdo más de aquella noche larga y fría, sólo sé que la monotonía de la oscuridad y la tristeza fue mi compañera y al día siguiente me dolieron los ojos y tuve ojeras. Al verlas me resultaron bonitas, rosadas, no cenicientas... Y supe que me estaba volviendo loca, loca de amor por saber que, aunque le bajase la Luna, no conseguiría que me amase como yo le he amado siempre.
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