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viernes, 16 de noviembre de 2012

La chica Peter Pan.

Durante el paso de aquel invierno sentía que la emoción de aquella sonrisa iba calando cada vez más en el eco de mi memoria. Dolía casi hasta respirar, aunque tal vez fuese el viento helado que casi hasta cortaba. Era la segunda vez que la veía. Y a cada paso que daba la soportaba menos. Quise preguntarle de nuevo aquella cosa que ya le había dejado caer en nuestro último encuentro, pero no supe decirle nada. No supe hablar, era como si la comunicación se hubiese cortado entre nosotros por medio de aquella espléndida y perlada sonrisa de charol. 
-Me gustan los ositos de gominola.
Su absurda faceta de criaja del tres al cuarto me crispaba la piel. Era imposible ser tan extremadamente ñoña, con complejo de nube de azúcar; y mucho más imposible el que no dejase de sonreír nunca. Entonces, ¿qué hago yo aquí en medio, sonriendo como un imbécil ante la presencia de aquella niña atrapada en el cuerpo de una adolescente?
-La chica Peter Pan.
Se dio media vuelta, y se alejó por la calle húmeda, a trompicones y con la sonrisa siempre a cuestas.

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