Dudaba bastante que llegasen a entender una sola palabra de todo aquello que yo necesitaba excusar. Y por eso corrí. Corrí como si el mundo se plegase detrás de mi, enrollándose como una enorme alfombra roja. Roja de sangre. Juro que no lo hice a propósito, y mucho menos a sabiendas de las repercusiones que mi acto podría acarrear. Pero ¿quién escucha a una pobre loca que se dedica a olfatear flores, libros y especias? Corrí tanto que mis tobillos se rompían con la fuerza de mis pisadas. Juro que no quise hacerlo, y si lo hice fue sin querer, fue instinto. Instinto depredador, como el de los lobos, o los leones. Invadía mi espacio, corrompía mi alma. Me quemaba. Yo no quería hacerlo, no quería matarle. Él me obligó.
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jueves, 22 de noviembre de 2012
viernes, 16 de noviembre de 2012
La chica Peter Pan.
Durante el paso de aquel invierno sentía que la emoción de aquella sonrisa iba calando cada vez más en el eco de mi memoria. Dolía casi hasta respirar, aunque tal vez fuese el viento helado que casi hasta cortaba. Era la segunda vez que la veía. Y a cada paso que daba la soportaba menos. Quise preguntarle de nuevo aquella cosa que ya le había dejado caer en nuestro último encuentro, pero no supe decirle nada. No supe hablar, era como si la comunicación se hubiese cortado entre nosotros por medio de aquella espléndida y perlada sonrisa de charol.
-Me gustan los ositos de gominola.
Su absurda faceta de criaja del tres al cuarto me crispaba la piel. Era imposible ser tan extremadamente ñoña, con complejo de nube de azúcar; y mucho más imposible el que no dejase de sonreír nunca. Entonces, ¿qué hago yo aquí en medio, sonriendo como un imbécil ante la presencia de aquella niña atrapada en el cuerpo de una adolescente?
-La chica Peter Pan.
Se dio media vuelta, y se alejó por la calle húmeda, a trompicones y con la sonrisa siempre a cuestas.
viernes, 2 de noviembre de 2012
Humildad.
¿Cómo van a respetarte los demás si tú no haces por que te respeten? Menos aún lo harán si tú no respetas al resto. Tu ego es tan sumamente grande que en cualquier momento explotarás en miles de trocitos cargados de odio y complejos. Espero que te des cuenta de que no siempre el que tiene más poder es más feliz, y que hay miles de formas de superar las malas rachas. Y créeme que la mejor forma es cuidar de tus amigos, para que estos te cuiden a ti. No todo lo que tienes delante son espejos, coronas y admiradores. Hay gente, millones de personas que, al fin y al cabo, no son diferentes a ti. Por ello creo que deberías comerte todo eso que te oprime de una vez, porque por pisar a los demás no eres mas grande, si no más pequeño.
¿No puedes dejar de sonreír?
Caminaba por la calle en dirección desconocida. Lo único bueno que me había pasado en todo el día había sido despertarme. No prestaba atención a los transeúntes: caras sin nombre que se exhibían delante de mi y parecían felices, amargadas o indiferentes.
Noté como si alguien me siguiera. Una risita tonta rebotaba contra los talones de mis pies, me giré. Una chica morena de pelo largo hacía equilibro en el escalón de un portal para intentar no caerse. Si se escondía de mi la verdad es que no lo estaba haciendo nada bien.
Seguí mi camino sin prestarle la menor importancia. Esquivé un bache en el suelo con mucha agilidad, pero a la pobre chica que me seguía no le dio tiempo y se apoyó en mi para no caer. Me volví hacia a ella y la miré sin expresión alguna:
Sonreía, sonreía tanto que dolía mirarla. Tenía los dientes completamente alineados y blancos, los ojos achinados por su eterna expresión de felicidad y su pelo se revolvía con el viento que bailaba por la calle. Tendría la misma edad que yo, o poco menos. Parecía estar nerviosa. Parecía frágil. Parecía...
-Hola.
Su voz resonó por mi cabeza durante más de un minuto. Era clara y aguda, de niña pequeña. La sonrisa acompañó cada vocal de la palabra. Y seguía doliendo mirarla.
-¿Hola?- respondí sonriendo de lado. La piel de sus mejillas se tornó rosada. Sonreí mecánicamente hacia ese impulso y seguí caminando. Y cómo había imaginado, ella siguió mis pasos a trompicones. Caminó un poco más rápido para ponerse delante mía y comenzó a avanzar hacia atrás mientras me miraba a los ojos sin parar un segundo de sonreír:
-Yo me llamo Sofía, ¿y tú?
Me paré en seco y ella lo hizo también (con serias dificultades para mantener su equilibrio).
-¿Por qué...?- dije. Ella abrió más los ojos como esperando una respuesta, y ante la ausencia de ella, agrandó la sonrisa, cosa que yo creía imposible- ¿no puedes dejar de sonreír?
-No- dijo ladeando la cabeza y dejando escapar un risotada.
-Eres un tanto repelente.
Asintió con la misma alegría, se giró, y la vi desaparecer entre la multitud.
martes, 16 de octubre de 2012
Ni tan si quiera tus palabras.
Me he pasado la vida intentando estar contigo. Intentando enamorarte, llamar tu atención, ayudarte... Y hoy sé que es imposible conseguir eso. Y créeme que si tan solo una parte de mi, sintiese que una milésima de tu mente está dedicada a pensarme, no dormiría buscando una excusa que usar para hablarte. Pero también sé que hoy no encuentro nada, y estoy tan cansada de dar vueltas en círculos en medio del desierto que has creado entre nosotros, que ya ni tan si quiera tus palabras me parecen una buena recompensa al término del día.
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