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domingo, 5 de febrero de 2012

Que quiero estar contigo para siempre.

Cuando llegué a la habitación ella estaba sentada al borde de la cama. Me miró con cara de niña, como queriendo jugar. Le sonreí y le pregunté qué le pasaba. Me dijo: "nada, nada de nada". Y con la lentitud con la que se mueven las tortugas se acercó hasta donde estaba yo y me besó en los labios. Y se me quedó pegado aquel beso en los huesos de mi cráneo. ¡QUÉ BESO! ¡QUÉ LABIOS! Entonces se apartó y me miró a los ojos; fue cuando supe que estaba asustada. Yo le pregunté qué le pasaba, y ella me dijo: "nada, nada de nada". Entonces me tomó la mano y me apretó fuerte contra sí, apoyó su cara en mi hombro y se echó a llorar. La abracé lo más fuerte que pude y le dije: "¿nada, nada de nada...?" Ella se apartó un poco, y seguidamente puso su frente contra la mía. Su nariz contra la mía. Y, con los ojos cerrados, me dijo aquello que cambiaría mi vida. Mi vida entera: Yo ya sé a qué sabe perderte, y he esperado tanto, tantísimo tiempo para tenerte aquí a mi lado, las mañanas, y las tardes, y las noches, y el mediodía. Y antes de, y después de que, y mientras tanto... El caso es que he estado revolviendo entre las cosas que tengo guardadas de cuando nos conocimos, leí las cartas que me mandabas y lo mal que lo pasaba cuando no estabas. Y no sabes lo que me duele saber que en verdad sin ti no sigo, no vivo, no como, no duermo. No puedo. Sin ti no puedo. QUE QUIERO ESTAR CONTIGO PARA SIEMPRE. 

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