-Yo la recuerdo valiente, decidida, diferente. Siempre sonriente, caminando a paso firme. Encaraba los problemas con la elegancia de un águila que planea y de vez en cuando bate sus alas. Siempre tan atenta y a la vez tan distraída. Nunca jamás la vi preocupada por nada, y cuando lloraba jamás se escondía, ella decía que era algo natural, una reacción de su cuerpo contra las malas rachas, o las buenas... Y tenía una simpatía desmesurada, y un sentido del humor un tanto peculiar. Intelectual diría yo; la verdad es que yo jamás entendí sus chistes, pero reía igualmente. Su manera de expresarse era tan elocuente... Y su voz, miel y limón para los oídos. Casi tanto como su esbelta figura o su eterna sonrisa, y...
-Vamos, que era perfecta, y por eso te enamoraste de ella.
-¡QUE BAH! A mi todas esas cosas me irritaban, me hacían sentir inferior. Me superaba que ella resaltase tanto, y acabé teniéndole la misma envidia a ella misma que al aire que respiraba. Cuando eres joven los complejos y el orgullo se hinchan con una rapidez supersónica...
-Entonces... ¿Qué te enamoró de ella?
-Su verdadero yo, no el que mostraba ante el resto. Su rebeldía, su forma de no dejarse pisar por nada ni nadie, sin llegar nunca a ofenderte. Su parte salvaje, eso me enamoró de ella, que no tenía miedo de mostrar cómo era cuando estaba conmigo.
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