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domingo, 12 de febrero de 2012

Tú mi ángel guardián.

Yo jamás pensé que llegaríamos tan alto, pensé que todo se resumía a el título de aquel libro que ahora descansa en mi estantería: "todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo". Al final dejé de esperarte, dejé de pensar que volverías con tus manías y tus "malas rachas". Y todo eso que te acompaña cada vez que te mueves. Lo cierto es que te di por perdido, por acabado, por excluido de mi camino. De mis pasos. De mi vida. ¡Qué estupidez! Si yo sin ti no puedo. Ya lo sabes. La confianza da asco, pero más asco da estar sin ti.



martes, 7 de febrero de 2012

No debería ser excusa.

Entre tanto comentario y frío mis neuronas estaban sufriendo un amotinamiento. No era capaz de comprender a qué venía tantísimo revuelo. Aún quedaban siete días para ese día tan especial, en cuestión, en cambio, todo el mundo hablaba de él como si fuera mañana.Y peor aún, ¡cómo si fuese importante! Y se pintaban historias de color de fresa y hablaban de príncipes azules y de rosas rojas. ¿Y qué más? Igual el chico que ahora mismo está desarmando el bolígrafo sobre su mesa, el de la primera fila, tiene dinero para una docena y media de rosas y un caballo con alas de plumas blancas. O el grupito de atrás, que en estos momentos está ocupadísimo con aquella gran concentración de nivel superior que requiere desmontar un típex, para luego atar la cinta a una silla y tirar la carcasa que cuelga de ésta por la ventana. Esos sí; que saben de ingeniería; seguro que ellos podrían hacerlo, traer un bonito poema y una caja de bombones de nestle. Pero, ¿nos hemos vuelto locos todos o qué? Y os quejáis. Sinceramente, yo no creo en el amor, supongo que os habréis dado cuenta por la forma en la que he descrito antes a esos seres masculinos. Pero el día de San Valentín debería de ser todos los días. Todos los putos días del año son importantes para querer a una persona, no debería ser excusa un simple número en el calendario. No debería ser excusa. Pero lo es...


lunes, 6 de febrero de 2012

Los botones de mi camisa.

Y allí estábamos los dos, enfadados en medio de aquel búnquer de asfalto y ladrillo. Solos en medio de aquel mar de rostros indiferentes. Y en aquel momento tenía tantísima rabia encima, que en mi crecieron tanto las ganas de escupirte como de que me desabrochases los botones de la camisa. Y pensarás que aquello era absurdo, pero no. Y te explicaré por qué, y es que no podía cruzar y pedirte perdón, porque por definición y sentido común aquel abismo que nos separaba lo habíamos creado nosotros dos sin darnos cuenta, y yo quería pedirte disculpas por ser tan fría y escuchar un "lo siento" de tu boca. Algo así como un tira y afloja. Pero, ¡que bah! Menudo orgullo el tuyo. Y el mío... Ni pensarlo. Por eso estaba allí, mirándote con cara de si no me besas tú me prenderé fuego, que no tengo valor para rozarte con mis labios. ¡Y QUÉ RABIA! Qué rabia me dio cuando te acercaste y me eché a llorar, y la faceta fría y dura que pintaba mi cara se fundió con el gris del cielo, y se pusieron las nubes a sollozar. A decirme: qué importará ahora ya niña, si le tienes ahí delante, no le dejes escapar.  Y cuando bajaste la cabeza, te diste la vuelta, y empezaste a caminar, abriendo tras de ti la puerta del portal, pensé que me ibas a dejar allí, pero esperaste a que yo avanzase y la sujetara con la mano. Y seguiste, y pensé que querías enseñarme el infierno que era aquella casa si no estábamos unidos. Dejaste la puerta entreabierta y yo miré a ambos lados antes de entrar. Entonces me miraste y me apoyaste con firmeza contra la pared. Y mientras me desabrochabas los botones de la camisa, susurrabas algo así como: quédate. Las ganas de escupirte disminuyeron... La verdad es que no pensaba irme a ninguna parte.

domingo, 5 de febrero de 2012

Para ir a buscarle.

Yo quería contarle que su piel era la piel de mis noches frías, que sus caricias eran escudos contra toda sacudida. Que en sus labios había mares de pecados, de manzanas rojas como la sangre, de ganas de ganarle a los celos, de vencer el rencor y todo aquello que nos dañaba. Y tanto le quise querer que se me olvidó el resto del mundo, que le quise y reventé de tanto tiempo perdido. Y mientras él se paseaba por el cuello de mi camisa, yo le sonreía y me perdía entre su pelo. Yo no quería irme de allí, su voz era el cielo. Y yo quería decirle que jamás había querido tanto a nadie, que me daba miedo a veces el pensarlo, que le regalaba el resto de mi vida. Decirle que si no me levantaba por las mañanas era porque él estaba echado a mi lado, y que si lo hacía, era para ir a buscarle.


Que quiero estar contigo para siempre.

Cuando llegué a la habitación ella estaba sentada al borde de la cama. Me miró con cara de niña, como queriendo jugar. Le sonreí y le pregunté qué le pasaba. Me dijo: "nada, nada de nada". Y con la lentitud con la que se mueven las tortugas se acercó hasta donde estaba yo y me besó en los labios. Y se me quedó pegado aquel beso en los huesos de mi cráneo. ¡QUÉ BESO! ¡QUÉ LABIOS! Entonces se apartó y me miró a los ojos; fue cuando supe que estaba asustada. Yo le pregunté qué le pasaba, y ella me dijo: "nada, nada de nada". Entonces me tomó la mano y me apretó fuerte contra sí, apoyó su cara en mi hombro y se echó a llorar. La abracé lo más fuerte que pude y le dije: "¿nada, nada de nada...?" Ella se apartó un poco, y seguidamente puso su frente contra la mía. Su nariz contra la mía. Y, con los ojos cerrados, me dijo aquello que cambiaría mi vida. Mi vida entera: Yo ya sé a qué sabe perderte, y he esperado tanto, tantísimo tiempo para tenerte aquí a mi lado, las mañanas, y las tardes, y las noches, y el mediodía. Y antes de, y después de que, y mientras tanto... El caso es que he estado revolviendo entre las cosas que tengo guardadas de cuando nos conocimos, leí las cartas que me mandabas y lo mal que lo pasaba cuando no estabas. Y no sabes lo que me duele saber que en verdad sin ti no sigo, no vivo, no como, no duermo. No puedo. Sin ti no puedo. QUE QUIERO ESTAR CONTIGO PARA SIEMPRE. 

Yo buscaba el cielo en tu mirada, y nunca sabré lo que encontraste tú.

Pobre corazón, que no sabe qué decir, si te vas por lo que soy o por lo que nunca fui, y hay caminos que hay que andas descalzo, ya no te preocupes más por mi, siempre me entra arena en los zapatos, ésta vez me quedo aquí. Si te cabe el cielo en un abrazo, siempre habrá una estrella para ti. Si catorce vidas son dos gatos, aún queda mucho por vivir.


jueves, 2 de febrero de 2012

Errores varios.

Durante el transcurso de aquel día el tiempo se anudó a los botones de mi chaqueta, enredándose incómodamente a mi cintura. Creí que nunca saldría de allí, que las agujas de los relojes de mis compañeros se me clavarían en la sien hasta dejarme inconsciente. Sin aliento. Sin vida, y lo que sería lo mismo, sin él. Jamás comprenderé el por qué aquellas punzadas a cada lado de mi cabeza, que me perforaban las ideas, se convirtieron en una forma de desprecio hacia la persona a la que más amo en el mundo. Y tampoco entenderé qué es lo que me llevó a involucrarme tanto con los demás, sabiendo que ni la mitad harían lo mismo. "Deberías dejar de preocuparte tanto por todo". Eso me dijo mi madre cuando me vio la cara y me preguntó qué tal me había ido el día. Horrible, la verdad. Y es que hoy nada encajaba. Nada quería ser lo que realmente era.